01/05/2008

LIDIANDO CON LA CONFUSIÓN

Propia y ajena

Si es que tenía que haberlo aprendido antes: las grandes decisiones nos llevan a asumir riesgos y consecuencias igualmente grandes.

Y digo esto porque, desde hace un tiempo, la vida se está encargando de ponerme cosas en el camino, en un intento para que yo la escuche. El intento no ha sido vano, el problema radica que, mientra mi voz interior me pide una cosa...el ruido externo me reclama con mil cosas diferentes, que nada tienen que ver con lo que en este preciso momento quiero y necesito. Gran parte del ruido proviene de las voces que me urgen a caminar, trabajar, comprar, vestir, comer,, discutir, defenderme,  proveer (ésta, por ejemplo, me reclama a gritos). Tengo una migraña espiritual espantosa.

Hay una voz, sin embargo, que reclama con más fuerza. Una voz que me viene del otro lado del mundo y que, no por lejana, no haga sentir su presencia en cualquier momento del día. La voz tiene un rostro (fotográfico, por el momento)  y no tiene sonido...al menos el que se escucha con los oídos. Esta voz se escucha leyendo.

Y a pesar de que esta voz no adquiere una forma concreta, pues cómo puedo describir lo que cabalmente no comprendo , es una voz  que  busco  entre todas las otras voces que leo.

Parece mentira que, a mis años, todavía siga esperando que alguna botella, de  tantas que navegan , me traiga un tesoro secreto.

Posted by Lupita Munguía at 05:45:29 | Permanent Link | Comments (1) |
Comentarios
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1 - Hoy tengo un artículo sobre el ruido y Falla que te puede interesar en mi blog: jlmartinezhens.blogspot.com

He entrado aquí también para dejarte un artículo que se titula igual que tu blog y que ha sido publicado hoy, por mi prima política (prima de mi mujer) en La Opinión de Málaga.

La del pirata cojo

Lola Clavero

Sabina quería ser pirata; cojo, con pata de palo, con parche en el ojo y cara de malo, pero, al final, se colocó un bombín y se hizo trovador de la Corte como en plan Villasandino. A cambio del peloteo al poder, el poder le ofrece combatir a esos piratas que ya no le hacen ni la menor gracia puñetera. Que es que los tíos, navegando por las procelosas aguas de internet, le pescan los derechos de autor y el personal se queda con la copla por tres euros en el top-manta. A Sabina los piratas de sueño romántico se le han vuelto pesadilla. Ya no le tocan el corazón sino el bolsillo, algo que no perdonan los poetas de consumo. Pero los piratas del top-manta se limitan a practicar el marxismo a su manera más que por pura utopía, por determinismo biológico. Esto es, de haber podido elegir sin duda elegirían ser Sabina y no piratas; nada más confortable que cantar a la marginalidad desde el favor de la Corte y al calor de una nutrida cuenta corriente. Por desgracia, sin embargo, la marginalidad real, la tragedia de nacer en el país inadecuado no conduce a actitudes estéticas, sino a inspiraciones urgentes que atienden a las prosaicas necesidades del estómago. Y ése no entiende de ética cuando le da por gruñir.
Sabina y compañía, tan marxistas en su momento, deberían pensar como el cartero de Neruda que la poesía no es de quien la escribe sino de quien la necesita.

Sin mayor remordimiento, compro la piratería de los piratas sin honra, sin más dimensión épica que la de llevarse algo caliente a la boca al cabo del día y hacer llegar a fin de mes el ansiado giro a esa numerosa familia que espera, al otro lado del mar, las migajas del capitalismo europeo para poner la mesa. Compro sus cedés, sus deuvedés, sus gafas de sol apócrifas y sus imitaciones de bolsos caros. Y, si he de elegir un polo, prefiero el del lagarto Juancho al del lagarto pijo. Pues mayor delito me parece pagarle la firma a un individuo que, desde su mansión en Capri o la Costa Azul, manda sus patrones para ser manufacturados por tres euros a un remoto poblado del tercer mundo donde trabajan incluso manos de menores que nunca irán a la escuela que pagar directamente al obrero sin glamour pero con mucha hambre. El delito no es la falsificación, sino la terca y cruel estupidez de esta mentalidad del consumo que obvia las atroces desigualdades económicas entre países. El emblema de la marca auténtica sobre el pecho no otorga la elegancia si no se tiene, todo lo más, constata que te has gastado en dicha prenda el pastón con el que otros podrían salvarse del ayuno durante un mes. Una ostentación burda, innecesaria, a más de bastante hortera.

Llámenme vetusto reducto del progresismo rancio, engendro tardío del decadente espíritu de la Internacional o, simplemente, complaciente cómplice del pirateo choricero, no admito más marcas que las falsificadas y, en ellas, encuentro el último modo posible de socialización. Los artistas, los diseñadores, siempre en primera línea de la solidaridad, del concierto benéfico, de la oenegé, deberían estar muy pagados de que sus creaciones se socialicen y no contradecirse con bramidos de codicia insolidaria.

La piratería ya no es un modo de vida elocuente, desafiante y grandioso; el exaltado ideal de la canción de Espronceda sino una manera de supervivencia en tono menor para los desesperados. Sin orgullo, sin loro, sin bandera de la muerte, los piratas del XXI, se adocenan en oscuros talleres clandestinos a imitar las firmas del glamour o pescan por internet música y cine de última ola, cargando y descargando su botín en la mochila de bar en bar, a tres euros el delito. No más épicos, los piratas de mar que los de bar, tampoco son los que escribió Emilio Salgari. Famélicos somalíes que practican el abordaje con la rutina del único oficio que les permite la miseria. Pobres eran los pescadores del atunero secuestrado, pero más aún los propios secuestradores. Tanto que hasta los familiares de los retenidos se llegaron a apiadar de su situación, pese a la tremenda angustia de las jornadas de incertidumbre.

Sólo para la perpleja indignación de Sáenz de Santamaría quedan aún puntos oscuros en el proceso de liberación de los rehenes. Está claro que las negociaciones del Gobierno español pasaron por la aceptación del chantaje y que, al final, los piratas huyeron con el botín. Y, aunque no sea éste el modo más ortodoxo de paliar las situaciones urgentes de pobreza, a falta de otro, nos parece lo justo. El delito de la piratería no se favorece cediendo a sus chantajes, sino creando, día a día, el modelo económico que la haga posible. Si seguimos ignorando y desatendiendo el problema de las aberrantes desigualdades materiales en el planeta, no podremos tachar de delincuentes a los que no hacen más que tomarse la justicia por su mano. (Comment this)

Escrito por: Jose Luis at 2008/05/09 - 22:29:45
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